
Soñé que estaba perdida en un bosque, en un bosque frío y denso donde la luz del sol no alcanzaba a atravesar tanta oscuridad. Me inundó la desesperanza y la ansiedad y me sentí tan pequeña e inútil que no pude hacer otra cosa que tirarme a llorar. Entonces oí tu voz, tu voz que siempre ha sido un remanso de calma y de cariño. Sentí tu abrazo cálido y reconfortante. Me sentí yo otra vez.
Es increíble y casi sobrenatural ese poder que tienes de reducir los dolores en tamaño e intensidad. Eres sobre mí la fuerza más grande ya que al ver a tus ojos ya no me siento sola, y me entiendes y consuelas sólo con la mirada. Tu cariño alimenta mi alma como ningún otro lo hará. Y creo que seré grande siempre y cuando conserve al menos la mitad de tu espíritu de mujer implacablemente valiente y amorosa.
Tus palabras son tan fuertes como un huracán y tu puntería tan directa al corazón como la flecha de Robin Hood. Eres la persona, casi Diosa, que siempre intentaré emular. Y cuando muera sólo espero que mis hijos puedan sentir lo que yo siento cuando hablo de ti...mamá.



Que no me apago, no me conformo, no me dejo, no me fio, no dejo de querer, ni de darme. Que me apasiono, que lloro sin consuelo, que maldigo con las entrañas y que olvido con rabia. Que soy un roble, y el agua que se cuela entre las piedras. Soy una mariposa y un león atacando a su presa. Soy incandescente porque esta luz que llevo no se apaga, no se vuela con el viento y no me deja descansar. Ningun dolor, ninguna distancia, ninguna carencia, le hará sombra a mi destino.


